| La carrera de Jesús
Franco, probablemente el director europeo más prolífico de todos los
tiempos, experimentó un giro radical a mediados de la década de los
sesenta. Después de firmar cuatro títulos absolutamente fundamentales de
la historia del cine fantástico y de terror español, Gritos en la noche
(L’horrible Dr. Orloff, 1961), La mano de un hombre muerto (La sadique
baron Von Klaus, 1962), El secreto del Dr. Orloff (Les maitresses du Dr.
Jekyll, 1964) y Miss Muerte (Dans les griffes du manique, 1965), el
director inició una especie de exilio voluntario, más bien una huida
hacia ninguna parte, que le llevaría a numerosos países europeos y a
trabajar en condiciones generalmente paupérrimas en los géneros más
comerciales de la época en busca de una libertad creativa y expresiva
imposible de encontrar en la España de la época. A partir de este
momento, Franco se convierte en un cineasta compulsivo: rueda sin parar
cualquier cosa, a veces incluso sin un guión establecido. Necronomicon
(1967), su primera producción realizada íntegramente fuera de España, es
el filme que marca de manera decisiva no sólo la etapa más fructífera de
su carrera –en 1968 firma ocho películas, siete en 1969 y así
sucesivamente–, sino también una ruptura hasta cierto punto radical con
el estilo y las características del cine que había realizado hasta
entonces. Carente prácticamente de argumento propiamente dicho –la
trama, es un decir, se reduce a los delirios al mismo tiempo sádicos y
eróticos de un misterioso personaje femenino (Janine Reynaud)–,
Necronomicon es una película extremadamente onírica, a-narrativa o
incluso anti-narrativa, fascina al mismo tiempo que repele, atrae a la
vez que puede provocar (y de hecho provoca) un estado de nerviosismo y
crispación en el espectador por la delirante, o más bien estridente
personalidad de su máximo responsable. A partir de este punto de la
filmografía de Franco, sus películas más personales escapan a cualquier
intento de racioanalización: la total despreocupación por la lógica
narrativa y por las convenciones más básicas de la planificación y la
dramatúrgia cinematográfica, así como una visión del erotismo libre de
ataduras y perjuicios, tan personal como enfermiza, son, de hecho, los
dos principales pilares en los que se sustenta Necronomicon, filme que
en palabras del propio Franco, “supuso la liberación. Con esa película
pude expresar cantidad de cosas que llevaba dentro y que, hasta
entonces, no habían podido salir a la luz” (1).
Lo mismo puede aplicarse también a
algunos de los títulos terroríficos más representativos de la
filmografía posterior del director: Las vampiras (Vampyros lesbos. Erbin
des Dracula, 1970), Drácula contra Frankenstein (Dracula prisonnier de
Frankenstein, 1971), La maldición de Frankenstein (Les experiences
erotiques de Frankenstein, 1972), o El ataque de las vampiras (Les
avaleuses, 1973), entre muchos otros títulos, se constituyen en una
mezcla aparentemente imposible de ideas brillantes con errores
imperdonables (de puesta en escena, de continuidad, de montaje...), de
genialidades con salidas de tono y licencias absurdas, de escenas y
planos de un gran poder de fascinación con imágenes de un feísmo y de
una cutrez que a veces ni si quiera parecen obra de un profesional del
séptimo arte, ejemplificados en su mayor parte por esa enloquecida (y
desquiciante) obsesión con lanzar zooms hacia todos los rincones del
encuadre sin finalidad ni criterio alguno. Todo ello, como no podía ser
de otra manera, ha contribuido ha convertir su filmografía en una obra
de culto, para bien o para mal. Criticado violentamente por muchos
sectores de la crítica, no sin razón (o parte de ella), defendido y
reivincado por otros también con razón aunque –como ocurre con la obra y
la figura de otro ilustre especialista español en el género, Jacinto
Molina / Paul Naschy– muchas veces de manera muy poco objetiva y aún
menos rigurosa, la obra de Jesús Franco ocupa, por méritos y deméritos
propios, un lugar destacado en el contexto de la producción europea de
serie B y serie Z de los años sesenta, setenta y principios de los
ochenta (no así sus producciones posteriores hasta llegar a nuestros
días: mejor ignorarlas sin más). No deja de resultar curioso, en todo
caso, que sus incursiones más importantes en el cine fantástico y de
terror fueran realizadas fuera de España en el momento de máximo
esplendor del género en nuestro país.
La exitosa proyección de Necronomicon en el Festival de Berlín de 1967
abrió a Franco muchas puertas y nuevas posibilidades: la película sería
distribuida en Estados Unidos con el extraño título Succubus por la
compañía American International Pictures, la cual puso en contacto a
Franco con el inefable productor Harry Alan Towers: la primera
colaboración entre ambos daría sus frutos meses después con Fu-Manchú y
el beso de la muerte (The blood of Fu-Manchú / Der todeskuss des Dr. Fu
manchu / Kiss and kill) y El castillo de Fu-Manchú (The castle of Fu-Manchu
/ Die folterkammer des Dr. Fu Manchu / Il castello di Fu Manchu),
rodadas en 1968 y protagonizadas por Christopher Lee. Franco y Lee
volverían a coincidir aún un año más tarde en El proceso de las brujas (Der
hexentöter von Blackmoor / Il trono di fuoco / The bloody judge, 1969)
e, inmediatamente después, en El Conde Drácula (Nachts, wenn Dracula
erwacht / Count Dracula / Il Conte Dracula, 1969), también producida por
Harry Alan Towers. El filme ocupa, junto con Drácula contra Frankenstein,
un lugar preminente en la carrera del director, aunque por motivos casi
opuestos: la primera es una adaptación en teoría fiel y rigurosa de la
novela Drácula de Bram Stoker (publicada en 1896), más alabada incluso
por los detractores del director que por sus más acérrimos seguidores,
mientras que la segunda es probablemente el más enloquecido ejercicio de
estilo sobre los mecanismos y los personajes más representativos del
cine de terror nunca producido.
El Conde Drácula: la imposible fidelidad
Se ha escrito mucho, demasiado, sobre las adaptaciones de la novela
Drácula para la gran pantalla. La adaptación de Franco ocupa un lugar
decididamente menor entre ellas por razones diversas, que abarcan desde
la precariedad de medios con la que fue realizada (y ello a pesar de que
se trata de una de las producciones más competentes de entre casi todas
las realizadas por el director español en la época) hasta la falta de
ganas y de convicción, más evidente en algunas escenas que otras, con la
que Franco emprendió un proyecto que coartaba hipotéticamente su
libertad creativa. El director español contó, sin embargo, con un
reparto ecléctico pero nada desdeñable imposible de imaginar en una
producción española de la época (2), encabezado por el “Drácula oficial”
de la compañía británica Hammer Films, Christopher Lee, que accedió a
interpretar al personaje una vez más por la presunta fidelidad del
texto, y con suculentas intervenciones de Herbert Lom (en un papel
inicialmente ofrecido a Vincent Price), Klaus Kinski y la malograda
Soledad Miranda. La desidia, e incluso la incompetencia, aparecen a
ráfagas a lo largo de un filme que, de hecho, no puede empezar peor, con
un rótulo que explica: “Hace 50 años que Bram Stoker escribió la más
popular de las historias de horror. En esta película es representada,
por primera vez, con absoluta fidelidad a la obra original·”. Es decir,
que los máximos responsables de la producción ni siquiera se molestaron
en averiguar en qué año fue publicada por primera vez la obra de Stoker,
situando lamentablemente su aparición en la década de los veinte.
Lo que sigue a continuación no es, ni por asomo, una adaptación fiel de
la novela de Bram Stoker (nunca se ha realizado, ni seguramente nunca
podrá realizarse), aunque la película presenta –y este es un hecho casi
nunca tenido en cuenta– numerosos detalles sugerentes e incluso también
ideas brillantes de puesta en escena y dirección, contrapuestas, como no
puede ser de otra manera hablando de Franco, con terribles errores de
continuidad, una dirección de actores que deja bastante que desear y un
look visual en ocasiones absurdamente feísta. Este es un punto realmente
clave en la filmografía del realizador: pese a manejar presupuestos
diversos y pese a contar con actores de reconocido prestigio, sus
películas son fácilmente reconocibles e identificables, para bien y para
mal. Mucho, demasiado se ha escrito también sobre los fallos de
dirección y de montaje de la producción, desde la sombra de la cámara y
el trípode proyectada en las paredes blancas de la habitación acolchada
de Renfield (Klaus Kinski) en la clínica del Profesor Van Helsing hasta
la discontinuidad de planos en una misma secuencia en la que ahora es de
noche y ahora de día (fruto en su mayor parte de la utilización del
recurso de la noche americana, por desgracia tan en boga en los años
setenta). La película, es cierto, abunda en detalles aparentemente
incoherentes, o simplemente gratuitos, desde el aire atemporal que le
otorgan los decorados y el atrezzo (el casi minimalista diseño de los
interiores, la convivencia entre carros de caballos y automóbiles, el
estrafalario vestuario de algunos de los personajes, etc.), hasta
secuencias enteras sin atisbo de credibilidad (cuando Jonathan y Quincey
deciden ir a buscar la tumba de Drácula en el viejo caserón que éste ha
alquilado, van equipados con una lámpara de aceite que sencillamente han
cogido sin más de una de las habitaciones, por ejemplo). Sin embargo, no
es menos cierto que algunos de estos detalles (o errores, o aciertos
involuntarios, como se prefiera) contribuyen en determinadas situaciones
a dotar el conjunto de un aire alucinado, casi marciano, de un cierto
poder de fascinación, y que el filme presenta igualmente escenas
notablemente filmadas y realizadas: la seducción de Lucy en su
habitación de la clínica por parte de Drácula y la posterior muerte de
la chica a manos de su amiga Mina (Maria Röhm), el impresionante plano
en el que Drácula se oculta en la oscuridad del palco de la ópera
esperando el momento oportuno para atacar a Mina, sentada de espaldas a
él... Son momentos que dan cuenta de las posibilidades reales de un
proyecto frustrado, en el que Franco, autor del guión en colaboración
con el desconocido Augusto Finocchi –algunas fuentes hablan no obstante
de la participación de hasta cinco guionistas, incluyendo al mismo Harry
Alan Towers oculto tras el seudónimo de Peter Welbeck–, recrea con
desigual fortuna los principales pasajes de la obra de Stoker,
necesariamente simplificada dada su enorme complejidad, con la mirada a
menudo puesta en sus anteriores adaptaciones: el viaje en diligencia de
Jonathan Harker (Fred Williams) hasta el castillo del vampiro, con un
espeso bosque repleto de niebla en el que apenas se distingue nada,
mostrado en diversos planos prácticamente subjetivos complementados con
una inquietante sucesión de efectos sonoros, recuerda vagamente la misma
secuencia de Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine symphonie des
grauens, F. W. Murnau, 1922), mientras que algunas de las frases
pronunciadas por el Conde en un forzado primer plano en el que parece
amenazar a los espectadores son idénticas a las que pronunciaba Bela
Lugosi en la primera adaptación oficial de la novela, Drácula (Dracula,
Tod Browning, 1931).
Por primera y única vez, el vampiro es caracterizado con bigote y pelo
blanco, tal y cómo lo definió Stoker (el aspecto de Drácula va
rejuveneciendo a medida que avanza el metraje), aunque la interpretación
de Christopher Lee, lejos de la explosiva combinación de animalidad y
refinamiento de la que había hecho gala en Drácula (Dracula, Terence
Fisher, 1958) y sus continuaciones, resulta en conjunto un tanto fría y
desangelada (3). A su lado, Herbert Lom tampoco está especialmente
convincente en la piel de su antagonista, el Profesor Van Helsing –de
hecho, su esperado enfrentamiento se reduce a poco más de un minuto en
una secuencia sin fuerza alguna, aunque la presencia de Lee, Lom y, por
supuesto de Soledad Miranda (1943–1970), eclipsa casi por completo al
resto del reparto, desgraciadamente encabezado por unos inadecuados Fred
Williams y Jack Taylor, y con una aburrida caracterización de Klaus
Kinski. Ciertamente, el esqueleto narrativo de la novela original se
mantiene prácticamente intacto, contando incluso con la visualización,
más o menos afortunada, de pasajes del libro casi nunca vistos en la
gran pantalla –Drácula bajando del carro para ahuyentar a los lobos que
se cruzan en su camino sólo con la mirada durante el viaje de Jonathan
Harker a Transilvania–, aunque pierde fuerza e intensidad en su
desarrollo final, hasta el punto que parece que Franco hubiera tenido
que ir eliminando escenas para no sobrepasar el metraje inicialmente
establecido: la película dura poco más de noventa minutos y parece que
con un metraje mayor determinadas ideas y situaciones hubieran podido
pulirse mucho más.
El choque, la lucha entre la personalidad del cineasta y la rigidez
impuesta por la pretendida fidelidad a un texto conocido por todos los
espectadores de la época gracias a sus anteriores adaptaciones, es el
principal elemento identificador de la película: así, para Ramon Freixas,
lo antitético entre el punto de vista personal de Franco y la forzada
perspectiva oficial de la producción “da pie a una obra imposible”,
mientras que Carlos Aguilar señala que lo más interesante del conjunto
es “estudiar esta incompatibilidad estética entre realizador y contexto,
que a veces deviene franca tensión” (4). En algunas escenas, sin ir más
lejos, es el mismo director el que se encarga de dinamitar desde dentro
la propia narrativa del filme, en ocasiones con notas de humor negro
cercanas al surrealismo (el uso recurrente y quizá premeditado de unos
ridículos murciélagos de plástico, la sangre que salpica exageradamente
el rostro de Quincey cuando clava la estaca al corazón a una de las
vampiras del castillo de Drácula, etc.).
Drácula contra Frankenstein: cóctel de monstruos
“Drácula contra Frankenstein y La maldición de Frankenstein son
consecuencia directa de haber hecho El conde Drácula con tanta fidelidad
a Bram Stoker. Me di cuenta de que, con esa adaptación fidedigna, me
pude desmadrar muy poco y necesitaba volver al personaje con un punto de
vista más de tebeo” (5). Esta afirmación del propio Jesús Franco, en
vista de su segunda aproximación al personaje imaginado por Stoker,
resulta más bien toda una declaración de principios e intenciones.
Drácula contra Frankenstein puede ser contemplada, en consecuencia, como
el reverso desquiciado y pasado de vueltas de El Conde Drácula, una
película completamente libre, loca, y al mismo tiempo un personalísimo
homenaje a las películas de monstruos realizadas por la compañía
nortemaericana Universal en los años cuarenta, Frankenstein y el hombre
lobo (Frankenstein meets the wolfman, Roy William Neill, 1943), La
zíngara y los monstruos (The house of Frankenstein, 1944) y La mansión
de Drácula (House of Dracula, 1945), dirigidas por Erle C. Kenton. El
filme es una de las incursiones en el cine fantástico y de terror más
queridas y defendidas por los seguidores del director, como Ramon
Freixas y Joan Bassa –quiénes en un alarde de miopía hipócrita se
atreven a elevarla incluso a la categoría de “obra maestra irrebatible”
(6)–, mientras que otros, como Javier G. Romero, se refiere a ella, de
manera igualmente exagerada, como “bodrio infame”, entre otras
expresiones. Romero, en todo caso, acierta en matizar que “el filme se
mueve en los terrenos de la pura experimentación, tensando el verosímil
fílmico hasta el límite mismo de lo sostenible (...) Dos mundos
antitéticos conviven en una extraña dimensión donde no existe
concordancia espacio-temporal: ropajes y carruajes decimonónicos
comparten ubicación con regios automóviles, un castillo siniestro
envuelto en niebla perpetua sirve de contrapunto a la taberna del pueblo
–en cuyo recinto descansa una moderna juke-box– y los diversos
personajes parecen actuar como en trance o bajo los efectos de la
hipnosis –la inconexa gestualidad del Dr. Frankenstein, Drácula
convertido en un mustio pelele, un Dr. Seward eternamente taciturno tras
la cristalera de su despacho–” (7).
Drácula contra Frankenstein, como en menor medida también El Conde
Drácula, debería ser contemplada como un compendio de lo mejor y de lo
peor de la obra del director español: su cinefilia desbordante, su
necesidad de filmar compulsivamente y su fuerte personalidad se dan de
bruces, otra vez, con un acabado invariablemente pobre, más cercano a la
serie Z que a la serie B. Ideas poderosas y detalles originales de
puesta en escena y dirección conviven en relación demencial con errores
intolerables fruto tanto de las circunstancias como de la pura
desfachatez (en este apartado Franco podría competir sin duda alguna con
Ed Wood, injustamente considerado el peor director de todos los tiempos,
aunque al menos éste no repudiaba públicamente películas infinitamente
superiores a las suyas, como hace Franco con los filmes de género de
Terence Fisher, entre otros). A diferencia del título anteriormente
comentado, y en una línea no del todo alejada de Necronomicon, Drácula
contra Frankenstein es un filme totalmente delirante, concebido sin
atisbo alguno de seriedad ni tampoco mucho rigor –determinadas escenas
se acercan voluntariamente al terreno de la parodia y de la
desmitificación de los personajes clásicos del género– como un
desenfadado homenaje al universo de las producciones Universal y a los
tebeos baratos de terror e incluso de ciencia-ficción. Los resultados
finales, sin embargo, son radicalmente opuestos a los ofrecidos en
producciones coetáneas igualmente inspiradas en los filmes de terror
norteamericanos de los años cuarenta, principalmente escritos y
protagonizados por Jacinto Molina / Paul Naschy, como La marca del
hombre lobo (Enrique L. Eguiluz, 1968) o La noche de Walpurgis (León
Klimovsky, 1970): en Franco el estilo enloquecido y una atmósfera irreal
y casi abstracta, así como un tono que oscila entre el homenaje y la
reinvención suicida, son más el objetivo, el fin, que no el medio para
explicar una determinada historia. Tanto es así que la producción carece
incluso, en sentido estricto, de tal historia: ésta no es más que una
excusa para la experimentación formal y narrativa, aunque en el tramo
final de metraje el guión deviene inecesariamente incoherente y en
muchos momentos la nula caracterización de personajes y la inexistente
descripción de situaciones dramáticas provoca el rechazo del espectador.
Ninguna lógica narrativa convencional guía el desarrollo, más bien la
sucesión, de acontecimientos, casi imposible de coger por ningún lado:
después de (re)crear a su criatura (Fernando Bilbao) en poco más de
cinco minutos, el Dr. Frankenstein (Dennis Price) resucita al milenario
vampiro (un frío Howard Vernon, uno de los actores favoritos del
director) para crear una especie de ejército del más allá –idea central
también de la posterior La maldición de Frankenstein, casi una
continuación del filme que nos ocupa–, aunque finalmente sus planos son
abortados al mismo tiempo por una vampira (Britt Nichols) que se pasea
por el castillo de Drácula durante media película sin que nadie repare
en su presencia como por el mismo Dr. Seward, quién cuenta con la ayuda
de una bruja gitana a quién el Dr. Frankenstein intentará eliminar sin
éxito. En una de las últimas escenas incluso el hombre-lobo
(interpretado por un tal Brandy) hace acto de presencia en el castillo,
sin que importe mucho el cómo ni el por qué: su lucha con la criatura de
Frankenstein es uno de los momentos más descaradamente paródicos del
filme, aunque resulta más bochornosa que divertida. Drácula contra
Frankenstein, de esta manera, pierde fuerza e interés a medida que se
desarrolla el metraje, aunque presenta probablemente uno de los momentos
cumbre de la inabarcable filmografía de su autor: los dieciséis minutos
iniciales, sin un solo diálogo, una sucesión tan gratuita como sugestiva
y poderosa de imágenes y planos con decenas de zooms hacia ninguna parte
que dan perfecta cuenta de la posibilidad de representar “lo
fantástico”, quizá también “lo onírico” en la gran pantalla, más en el
sentido metafísico que literal; esto es, la visualización de un mundo
parecido al nuestro pero no sometido a ninguna lógica ni a ninguna ley,
sin espacio ni tiempo, totalmente libre.
El filme, consecuentemente con esta idea, carece de diálogos durante la
mayor parte de metraje. Un simple rótulo ilustra, al principio del
filme, lo que vamos a ver a continuación: “El vampiro, siniestro
poblador de la noche, dormía su sueño eterno cuando el Doctor
Frankenstein quiso apoderarse de él. Se desencadenó una lucha entre dos
titanes de la Muerte, y a su eco, los otros monstruos, seres de
pesadilla, iban a despertar de su letargo, como un coro alucinante y
devastador”.
Los escasísimos
diálogos presentes en el guión, lejos de aportar información al
desarrollo de la trama, tienen un carácter marcadamente irreal e
inevitablemente forzado, caso del diario que el Dr. Frankenstein escribe
en su despacho: “Hoy, 12 de noviembre, yo, Rainer von Frankenstein, he
conseguido el experimento más importante de mi vida: crear seres vivos.
Ahora ya reino sobre el más allá. Acabo de revivir un espíritu, el del
señor de los vampiros, el espíritu demoníaco del Conde Drácula. Mi poder
será ilimitado. Gracias a esta primera conquista sobre el mundo
misterioso de lo infinito podré apoderarme del espíritu de aquellos que
yo elija, que luego enrolaré en mi nuevo e insólito ejército, el
ejército de las sombras”. Igual cómo ocurre con El Conde Drácula, la
película presenta algunas ideas brillantes, más o menos aprovechadas:
convertido en murciélago después que el Dr. Seward atravesara su corazón
con una estaca, Drácula es resucitado por el Dr. Frankenstein colocando
el animal en un bote de cristal e introduciendo en su interior la sangre
de una cantante de cabaret que ha sido raptada por su criatura. O
también la visualización del inenarrable paseo de un Drácula totalmente
idiotizado en coche junto con el Dr. Frankenstein, así cómo los
terribles sueños y visiones premonitorios de María (Paca Gabaldón,
oculta tras el seudónimo de Mary Francis), el personaje más interesante
y por desgracia menos trabajado del conjunto, ingresada en la clínica
del Dr. Seward. Todo ello contribuye a la creación de una atmosfera
particular, única e irrepetible, sin parangón en el resto de
producciones fantásticas y de terror de la época, de una obra fallida
pero cuya visión sigue sorprendiendo a propios y extraños en nuestros
días, para bien y para mal.
NOTAS:
(1) Entrevista con Jesús Franco, incluida en AA.VV., Cine fantástico y
de terror español, 1900 – 1983, Donostia: Semana de Cine Fantástico y de
Terror de San Sebastián, p. 164.
(2) Como señalan Roberto Cueto y Carlos Díaz, a efectos prácticos El
Conde Drácula era únicamente de nacionalidad británica. El productor se
limitó a contratar personal español, italiano y alemán, pero el
Ministerio rechazó la película como co-producción hasta dos años después
cuando, con nueva documentación, pudo ser estrenada en nuestro país
(Drácula. De Transilvania a Hollywood, Madrid: Nuer, 1997, p. 192).
(3) En este sentido, y no sin parte de razón, David Pirie escribe: “La
figura del Conde tiene tan poca animación que incluso en la escena en
que rescata a Harker de las mujeres-vampiro apenas parece preocupado.
Sus gestos, casi cómicos, tienen muy poco que ver con la descripción que
Harker da en el libro” (El vampiro en el cine, Madrid: Centropress,
1977, p. 154.
(4) Ver FREIXAS, Ramon, “Drácula en el cine español”, en Dirigido por nº
256 (abril 1997), Barcelona, p. 65.
(5) Cine fantástico y de terror español, 1900 – 1983, op. cit., p. 181.
(6) Ibid., p. 100.
(7) ROMERO, Javier G., “Drácula contra Frankenstein”, en Quatermass nº
4-5 (otoño 2002), Bilbao, p. 74.
El conde Drácula
España / Alemania / Italia / Gran Bretaña, 1969. 93 minutos. Color.
Título original: Nachths, wenn Dracula erwacht Director: Jesús Franco
Producción: Harry Alan Towers, para Fénix Films / Corona Filmproduktion
/ Filmar / Towers of London Guión: Augusto Finocchi y Jesús Franco,
sobre la novela Drácula de Bram Stoker Director de fotografía: Manuel
Merino Música: Bruno Nicolai Dirección artística: Karl Schneider
Montaje: Bruno Mattei Interpretación: Christopher Lee (Conde Drácula),
Herbert Lom (Profesor Van Helsing), Maria Röhm (Mina Harker), Soledad
Miranda (Lucy Harker), Fred Williams (Jonathan Harker), Jack Taylor (Quincey
Morris), Klaus Kinski (Renfield), Paul Müller (Dr. Seward).
Drácula contra Frankenstein
España / Francia, 1971. 82 minutos. Color. Título original: Dracula,
prisonnier de Frankenstein Dirección y guión: Jesús Franco Producción:
Robert de Nesle, Arturo Marcos y Paul D’Ales, para Fénix Films /
Comptoir Français du Film Director de fotografía: José Climent Música:
Bruno Nicolai y Daniel White Dirección artística: Antonio de Cabo
Montaje: Maria Soriano Interpretación: Dennis Price (Dr. Frankenstein),
Howard Vernon (Drácula), Mary Francis [Paca Gabaldón] (María), Alberto
Dalbés (Dr. Jonathan Seward), Britt Nichols (Lady Drácula), Genevieve
Deloir (Amira), Luis Barboo (Morpho), Fernando Bilbao (Monstruo de
Frankenstein).
|








|